El galpón del fondo.
El galpón del fondo es la mejor herencia que me dejó mi abuelo Alberto. Al entrar bastaba una mirada para saber si alguien había desordenado el desorden. El aserrín, el polvo y las telarañas eran pistas para detectar intrusos. El mío sigue los pasos heredados. Su forma, contenido y sentido hacen que no precise análisis de adn para saber mi ancestría. Si limpio el galpón me quedo sin proyectos. Cada palo, cada viga, fierro, tejido, recipiente, varilla, tuerca, bisagra, tensor, todo eso que he «juntado durante 40 años» como dice mi hijo desconsiderado, lleva en si- y en mi- una suerte de proyecto implícito, posible. Ese cambalache informe parece que se te viene encima, que te cierra el paso y a veces, admito, es necesario darle otro orden que tampoco es el orden que los demás creen o les gustaría que hubiera. No un orden administrativo sino ejecutivo es al que yo podría llegar a negociar y aceptar. No se si tanto como ejecutar. El galpón es un reflejo de mi vida y también mi vida se parece al galpón. Oscuro y polvoriento pero lleno de amenazas de construcción posibles.
Con mi señora hemos construido un lindo matrimonio, pero ella sabe que su ingreso en el galpón del fondo le está vedado. El cartel de la entrada advierte: «contramano» y lo puse en especial para ella. Nada bueno podría surgir de su presencia, allí. Admito que ella es “el centro de mis recursos” pero sus «instrucciones del año 13» no pasan la línea de la puerta. Esa boca negra de lobo peligroso es mi mundo de oscuridades asumidas y brillanteces latentes que esperan la lija o el chispazo de genialidad que transformen ese objeto casi momificado en un utilitario artículo. Pero para eso no hay apuro. Ella sí, puede pedir alguna realización, siempre con buenos modales y dándome el tiempo refractario para que ocurra el viaje mágico entre la piedra y el diamante.
Si lo «limpiara» como ella me dice, que no quiere decir que les pase un trapo a sus habitantes y los deje lustrosos, sino que los saque y los tire por ahí, el galpón quedaría espacioso pero lleno de soledades – las que me aterran- miserable en sus perspectivas, no invitador a sentarse en una silla reflexiva a lo oscuro a aclarar cosas de la vida oscura. Su deshabitado orden le daría una vacuidad pobre, una angustia pesada. El es parte de la soledad habitada.
Abril, 2022.
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Tres hermanas.
Estoy en el patio de mi niñez, en Durazno. En la cocina parece haber un mitin histórico. Una especie de “palacio de invierno” de mi infancia. He saltado y corrido en el campito, sobre la escarcha, el vapor de mi boca queda ahí sin separarse de mí, en esta mañana de vacaciones. Me tientan los scones pero sé que no puedo entrar. Se ven los vidrios empañados de las ollas y de las tres hermanas que hierven dentro. Cuando se encuentran no da el tiempo para contarse detenidamente y entonces sucede esto que ninguno de los nietos podemos entender.
En la cocina no se puede entrar salvo algo importante. Ni siquiera puede entrar el abuelo. La cocina está de asamblea. Ha venido “el mono”, Roma Chassale, de Montevideo. Es la esposa de Gerardo Cuesta. Ha venido Elsa, su hermana, mujer coqueta, dueña de “Domus”-casa de fotografía- militante. Y está mi abuela, Célica, trabajadora culta, que de joven arrancó con “la aguja” en la ciudad vieja, de mesa de luz de muchos libros, de cine club que no entiendo y la que me llama cuando hago macanas diciéndome: -¡Federico, vení acá que tenemos que hablar de hombre a hombre! Y ahí sé que tengo pocas chances contra sus ojos celestes.
En la cocina hierven ollas y bandejas. Las tres mujeres no se turnan. Detrás del vapor del vidrio están las tres sentadas en taburetes. A veces batiendo, secando, pelando. Las tres hablan en simultáneo, las tres hablan a la vez. No estoy queriendo decir que “se pisan” la conversación. No. Hablan las tres a la vez. Fantástica contraindicación del diálogo humano. Saben que no tienen todo el tiempo. Y cuando alguno de nosotros osamos meter la nariz por la puerta, sin detenerse ni sorprenderse pasan las tres a esa jeringonza inentendible… – ¡haypa moporospo enpe lapa cospatapa! Y siguen, inmutables, las tres desenfrenadas, metiéndose consensuadamente una dentro de las vidas de las otras.
A mí me atrae el enigma de la cocina empañada en asamblea. Aún no se por qué. Más tarde nos sentaremos a almorzar y parecerán mujeres comunes. Mas tarde, ya en la vida, también entenderé por qué.
Abril, 2016.
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Dos hermanos.
Yo tengo un hermano gordo y un hermano chico. El gordo no entra acá por ahora… quizás cuando adelgace. El chico, que ya es grande sí entra. Le llevo diecisiete años. Lo sé pues vine directo de la playa, donde pasaba todo el día, a ver sus pies enormes a minutos de haber nacido. Se me parece, pero no, en mis cosas feas. Habla, rié, cuenta, carcajea y yo viajo al pasado a recordarme. Hay veces que esas impresiones se separan, como lo hace la vía de la ruta, paulatino desencaje, vista desde la ventanilla. Pero aún así, percibo sentires conocidos. Hay veces que diseña gráficos y ahí lo pierdo de vista porque su tren se ha metido en lugares que no he habitado. Lo reconozco y no. Nació de los mismos padres y no. Pues los mismos, tiempo después, no son los mismos. Lo decía mejor Heráclito y no es cuestión de bañarse seguido, sino de recordarse y comprenderse. Y «el recuerdo – como dijo Sorjonen- nunca se queda donde lo dejamos». Hay veces en que visito su vida. Allí veo colores, orden y planificación que me son parajes desconocidos. Pero si abre la boca para amagar un cuento ahí lo reconozco al toque. Mi hermano chico se me parece mucho pero también no se me parece otro mucho. Por suerte.
Yo tengo un hermano chico y un hermano gordo. El chico no entra acá por ahora… se trata de cosas de grandes. El gordo, que ya es grande sí entra. Le llevo un año y veinte días, que en la niñez es poco y en la adultez es nada. El siempre me enternece, es de las personas que mas quiero aunque casi nunca lo veo, casi que es totalmente distinto a mi quizás por haberme peleado desde que nací. No compartimos útero pero sino, seguro que hubiésemos peleado desde antes. Selladas están en mi las imágenes de la escuela de Pastor, increíble y pionera experiencia, ambos con atuendos gauchescos bailando pericón. Las imágenes de frente a la cámara «del gordo y el flaco», como nos resumían, andan por ahí. Fuera de las fotos compartíamos los mismos «camambuses», Incalcuer interminables… él en esa imagen estará comiendo algo y yo siempre rezongándole. Pasaba siempre en el fútbol del campito: cuando el rival salía de contragolpe y él era nuestra única esperanza, el arco se encontraba desierto pues había ido a buscar pan con manteca… y yo hervía. Una siesta, yo solo me agaché… en un pelea el me tiró con la Spica forrada de cuero, con la que el Italo escuchaba las carreras y llevaba al monte. No era malo cabeceando pero ese día me agaché. La radio pegó en la pared y volaron pedazos con la ruedita transparente y roja del centro del dial.
El viejo se levantó de la siesta, los pedazos de radio desparramados y no hubo caso… yo sólo me había agachado quise deslindar pero el viejo nos conocía. Nos la ligamos los dos.
Luego instancias complejas nos han acercado. Ya no nos peleamos. A veces pasamos mucho sin vernos pero basta una sonrisa para encontrarnos. Ambos podríamos saber que puede estar pensando el otro. Cuando nos juntamos, hablamos poco pero yo presiento que la cosa va por otros canales. Ahora hay cosas mas contundentes que las Spica pero no son necesarias, con mi hermano gordo estamos en paz.
Diciembre, 2020.
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Dos turcos.
Dos turcos, dos amigos. Para nosotros son turcos y punto. No me vengas con medioorientalesdescendientes. El turco Adda chico, el basilisco, dice algo así como que los hermanos se extrañan mas de lo que disfrutan estando juntos. Quizás el afecto hace mejor pie en el recuerdo que en la presencialidad. De todos modos se pasa bien aún en los silencios. Tal vez la amistad sea como la música: es la combinación acertada de sonidos… y silencios. Admito ser especialista en silencios, allí no tengo faltas de ortografía. Al volver de nuestras estadías alguien puede preguntarnos ¿y de qué hablan? Y eso puede ser tan difícil de sintetizar como molesto de contar. Lo más práctico es que quien quiera saber se una. Estos turcos han venido en dos
formatos: chico y grande. El grande es el más grande y el otro es doblemente chico. Al mayor, que es Mayor, yo le digo «capitán», y hasta ahí lo llevo. A Julián lo llamé una vez para ver como andaba y curiosamente me contestó que no andaba tan bien. Al principio me costó “agarrar la onda”, de a poco me hizo entender que habían ido a buscar agua y hacía dos días que estaban enterrados en un cañadón en el Congo, entre facciones enfrentadas, en medio de una balacera. Al chico, que es leguleyo, lo llamo «basilisco».
Los conozco desde hace mucho pero mas profundamente, solo un tanto más, desde hace un poco menos. Aún así llevamos años de tertulias, asados con vino, donde yo, en esos temas, entro en el pelotón del consumo entre el grande y el chico que ahí juega en cancha grande. Toda la aridez de la justicia se le viene encima. Y ahí no hay jurisprudencia que precise para asaltar el cielo. Son dos locos cultos y respetuosos, no como el resto del grupo. Me atraen pues absorbo, son hombres de lectura, de cine y de radio, ésta última cosa casi en desuso, pero quizás ellos por sus costumbres nos mantienen informados de sucesos. Cada tanto nos preguntan algún dato o hecho de Durazno como si nosotros hubiésemos madurado y dejado de abrir la boca, pero eso nos sirve para enterarnos de los mismos. Nuestras tertulias son de prosa larga y pausada donde a veces no se vislumbra la orilla hacia la que vamos. En éstas, cada tanto uno de ellos recomienda alguna película o fragmento, diálogo o escena de alguna de ellas y esto es un puntapié fenomenal para llegar a la otra botella… perdón, quise decir a la otra orilla. Cuando nadamos a su encuentro nuestras orillas pueden estar en disímiles lugares. Nos cuesta arribar pero creo que nadie se mortifica por no llegar… mañana veremos, pareciera establecerse. A esta altura yo desearía que el año tuviese más turismos, orillas más lejanas aunque tenga más silencios, socarrones.
.Diciembre, 2020
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En el aire de la noche.
Para nosotros no estaba en el aire de la noche, sino en el del mediodía. Recordá: ta-ta ta-ta ta-ta tat ta-ta. ¡Impresionante! Ineludible, a poco más de las once y en la vereda, nos permitía emocionarnos siendo parte, vichar las gurisas… y ser vichado, aunque esto último era para otros por cierto. El Palacio de la Música había instruido convenientemente a Alvaro Buela y él por mandato de la gerencia nos ponía esto en la bandeja… y los parlantes para la vereda, obvio, no eran épocas de introspección. El Palacio estaba en “18”, al lado del Cine Artigas del viejo Mondino, el padre del “Gato” y antes de la tienda del turco Bechara, que entre la vidriera de él y la de Rey Hnos- veinte metros más allá-, había dos siglos de distancia y de expectativas.
La batería empieza cadenciosa a marcar el ritmo, son las once y poco: “I can feel …”, la nota grave, vibrante, se prolonga en el tiempo haciéndonos esperar el climax… El “I rememeber!… suena amenazador. ¡Claro que lo recordamos! Y como cuando revienta la lluvia después de la tormenta… patente: ta-ta ta-ta ta-ta tat ta-ta. ¡Impresionante! Cualquiera de nosotros sabía tocarlo, golpearlo, tararearlo, era la grifa de la generación: ta-ta ta-ta ta-ta tat ta-ta.
Ahora el tipo tiene parkinson y canta con el hijo. Yo tengo el asma de siempre, los que nos miran con cierto detenimiento son los médicos y nuestros gurises cantan por las de ellos. Ni saben de Alvaro ni del Palacio ni del Cine Artigas, pero increíblemente saben que en esa parte de la canción hay una cascada famosa de la batería, de las emociones, de las vidas adolescentes que han quedado para siempre congeladas, por 18 de julio, a las once y poco de la mañana.
Febrero, 2020.
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Albertito.
En un día soleado de turismo enterraron a Alberto, el soñado, el Robano más querido. Sin el cambio, moderando en la bajada, sin pedir nada, se fue el casi mi padre. El me subió, parado detrás de su codo derecho, al asiento del old mobile del viejo Alberto, el otro extrañado. El me enseñó a manejar a los diez años. El me guardó las milanesas para media tarde. Y la «torta del diablo». El me acompaño a buscar perdices. El me llevó a sacarle entradas para el cine club a la abuela Célica. El me llevó a la playa y al básquet en el Rubino y en el estadio abierto. El me prestó anécdotas de la familia para no ser olvidadas como no quiero a él, olvidarlo ahora. Querido, con su vozarrón ronco que escondía la ternura de sus gestos. Ogro encantador de niños. Soñado como deberían serlo todos los hombres buenos. Murió, tenuemente, desapercibido, dejando tras de sí una poderosa corriente de afecto. Envolventes recuerdos de niño del que ahora hombre no sabe cómo detener la vida. Dejando sin resolución, encuentros y charlas inconclusas se fue Albertito, el más querido. Un día de estos lloverá copiosamente, alguien abrirá el portón de su galpón y saldrán los gardeles allí latentes. El herrero viejo y rezongón de al lado, su amigo que lo extrañará, mirando los nubarrones grises se secará la cara acusando a la lluvia. Yo, por cierto, no precisare tantas excusas. ¿Cómo hacer para que esté más cerca?
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El viejo herrero.
Bueno. Había evitado esto. Me he vuelto un viejo llorón pues melancólico ya era. Después de la muerte de Albertito, no había querido volver a Sarandí. Sabía que tenía que pasar por el galpón y visitar al «burro», el viejo Arturo, el herrero. Y él es aún mucho más viejo, yo pensaba que no yendo lo cuidaba… No sabía cómo iba a ser la cosa. Íbamos con unos amigos al liceo a hacer una invitación para las ciencias y le pedí que pararan un ratito unos metros antes. Quería acercarme orejeando la puerta de la herrería, no sabía cómo me recibiría ni si me recordaría. Y desde la calle me enfrenté a aquel portón oscuro, como en toda herrería y distinguí un bulto que supuse que era él. Y le grité, como atajándome: – ¿todavía soy bienvenido acá?
– ¡Cómo siempre!, me gritó al toque con su voz herrumbrosa pues ya me había calado.
Nos abrazamos, yo no dije casi nada, le pregunté cómo andaba, pero ambos sabíamos qué estábamos abrazando y por quién andábamos preguntando.
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El culo en el taburete.
El culo en el taburete como herramienta de aprendizaje. Esa podría ser la frase de Miguel Solá adaptada del aporte isquio-glúteo de «Casas de fuego». El tipo está ahí parado del lado interno del deck-mostrador, por su cadera desgastada, vos ves que se mueve con dificultad pero bastan dos pasos para acá, dos para allá y como si se estirara para pegarle de revés alcanza la heladera y saca un queso. Y va hacia el muro derecho y trae el vino, levanta la vista sobre el «cajón» y engancha dos copas entre los dedos. Todo sin que el tema central se le vaya a la reja. Y mientras esta información visual entra en vos y tu culo está apoyado en el taburete del otro lado de la barra, todo tu cuerpo aprende. Mientras todo esto ocurre la información auditiva a rotado entre Peter Gabriel y las impresiones del último entrenamiento, la sesión de reflexión y la última película. Cuando te reconectas, allí estas, de casco y paleta en medio de la cancha, vos en medio de la andanada global de Felipe, a puro maravillamiento. Lo sé a esto, lo sé pues yo también «he visitado Ganímedes». A veces durante un rato hablás vos y el parece estar en otra pero no… o sí. Lo curioso es que rescata y trae aquello que pasó hace rato cuando Clean Eastwood la miró con sencillez y bondad, cuando la gurisa pelotaris de Flores estaba en el campo y junta todo con lo reciente, sintetiza y ata un paquete transparente que solo algunos pueden ver. Muchas veces me he preguntado por qué este hombre excepcional pierde tiempo en mí. Yo siento que solo aporto mi culo sobre el banco pero él insiste y eso me tranquiliza… un poco.
(Regalo para un futuro cumpleaños del amigo)
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